“¿Tengo que morirme para que me hagan caso?”.

Paloma Ruíz mira a la cámara que graba su testimonio y se queda en silencio, amplificando la gravedad de sus palabras.

De sus ojos no salen lágrimas. Solo impotencia y rabia acumulada hacia quienes acusa de haberle hecho la vida imposible en los últimos cinco años en la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH); su lugar de trabajo al que demandó, paradójicamente, por violaciones a sus derechos humanos y discriminación laboral.

Durante la entrevista, Paloma narra que es sobreviviente de cáncer. O para ser más precisos, sobreviviente de tres cánceres: de endometrio (matriz), mama y páncreas.

“En dos semanas me diagnosticaron tres tumores. El impacto en mi vida fue brutal”, dice la mujer sentada en un sofá gris que contrasta con el color rosa mexicano de su blusa.

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Al momento de los diagnósticos corría el año 2014. Paloma llevaba ya un año laborando para la CNDH con un contrato por honorarios como investigadora de la Primera Visitaduría, en temas de delitos y violaciones graves a Derechos Humanos.

Todo iba bien, cuenta la también periodista de profesión. Tanto, que antes de que el cáncer golpeara su vida le ofrecieron renovar un año su contrato e incluirla en la póliza de seguros de gastos médicos mayores que, si bien tenía que pagar ella de su bolsillo, le ofrecía una tarifa preferencial por ser parte de la CNDH.

Por eso, cuando aparecieron los tumores, Paloma tenía al menos la tranquilidad de que el seguro de la CNDH la respaldaba ante el aluvión de gastos que se le avecinaba: cirugías, oncólogos, quimioterapias, medicamentos, y un larguísimo etcétera.

Y al inicio, al menos, fue así: “Me dijeron que contara con todo el apoyo de la CNDH, tanto emocional, laboral, como humano”.

Pero todo cambió en noviembre de 2014 con el nuevo ombudsman, Luis Raúl González Pérez. En ese entonces, la periodista señala que, a pesar de que contaba con la documentación de su incapacidad por las cirugías a la que fue sometida para extirpar los tumores de su cuerpo, la CNDH no renovó su contrato, cortó toda comunicación con ella, y la excluyó sin previo aviso de la póliza del seguro médico.

Paloma asegura que esa decisión la dejó, casi literal, con la cabeza puesta sobre la guillotina.

“Entregué una carta a las nuevas autoridades de la CNDH explicándoles mi situación, pidiéndoles que, por favor, me renovaran el contrato para que yo pudiera salvar mi vida. Pero jamás me escucharon”, narra la periodista.

“Al contrario, me excluyeron. Me borraron de la carta de cobertura médica y para la aseguradora yo ya no existía. Por eso, sin la póliza del seguro, tuve que suspender mis quimioterapias durante un mes y medio, y también las radioterapias”.

A continuación, la comunicadora deja una larga pausa en la narración, toma aire y suelta otra frase lapidaria: “Nunca sabré si eso algún día acabará con mi vida”.

Paloma decidió entonces hacer público su caso y acudió a los medios de comunicación. Como respuesta, la CNDH, bajo la dirección de Luis Raúl González Pérez, emitió un comunicado lamentando la situación de su empleada y explicó que su baja en el seguro médico se debió a que detectaron “irregularidades en la contratación de la póliza que imposibilitaron su extensión”, por lo que anunció una investigación interna para deslindar posibles sanciones contra sus funcionarios.

Además, la Comisión la recontrató en el área de Comunicación Social, con la mitad de salario que tenía previo al cáncer, y la incluyó de nuevo en la póliza de gastos médicos, aunque ella debe pagarlo de su bolsillo.

“Si tres cánceres no me vencieron, la CNDH tampoco lo hará”

Paloma niega con la cabeza y con una permanente sonrisa cansada en los labios cuenta que tras la recontratación inició entonces la segunda parte de su calvario: la revictimización.

“Me pusieron en un rincón, junto a una fotocopiadora, a revisar el archivo basura. Nadie me habla y me evitan como si en lugar de cáncer tuviera una enfermedad contagiosa”.

Tras las quimios y las cirugías, los cánceres están ahora en fase de remisión. Pero Paloma aún sigue en tratamiento oncológico de hormonoterapia para el cáncer de mama que le provoca severos efectos secundarios, como fatiga, vómitos, problemas con la visión y el habla, fuertes dolores de articulaciones y movilidad reducida en el brazo derecho, como secuela de la extracción de ganglios de su axila derecha por la cirugía del cáncer de mama.

Por eso pidió a la CNDH que fuera flexible y le concediera algunas adecuaciones, como disponer de un cuarto durante 15 minutos al día, para quitarse la ropa y aplicarse bolsas de hielo en los músculos atrofiados del brazo donde le extirparon parte de la axila.

“¡Pero hasta eso me están dificultando! -exclama Paloma con el ceño fruncido-. Es como el mundo al revés: el organismo encargado de velar por los derechos humanos se está portando de manera inhumana conmigo”.

Además, dice Paloma sosteniendo un documento de la CNDH en la mano que exhibe en la entrevista, recientemente acaba de recibir otro golpe: la Comisión le informó que su última quincena es de cero pesos debido a que ya sobrepasó los días que gozaba de permiso por ausencia médica. Por lo que, a partir de ya, cada día que falte por visita a sus oncólogos, o para aplicarse algún tratamiento, se lo descontarán de su salario.

Una situación por la que este 2019, ya más recuperada de sus tratamientos, la periodista interpuso una denuncia por discriminación y acoso laboral ante el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) y ante la justicia administrativa, donde recurrió al juicio de amparo; mismo que fue aceptado el 17 de septiembre pasado por el Juzgado Segundo en Materia Administrativa de la Ciudad de México.

“Yo no pido lástimas, ni misericordia. Solo exijo respeto como persona y como trabajadora. Me han tratado de intimidar de todas las formas posibles, usando todo el poder de una institución como la CNDH en contra de una mujer. Pero si tres cánceres no me han vencido, ellos tampoco lo van a lograr”, sentencia Paloma.

Las cifras de despidos injustificados en México por casos de discriminación por algún tipo de cáncer no son precisas.

La Procuraduría Federal del Trabajo, en una respuesta por transparencia a este medio, señaló que no tienen esos datos concretos.

Mientras que el Conapred, también por transparencia, dijo que entre 2015 y lo que va de 2019 llevan registrados 443 expedientes de quejas y reclamaciones por presuntos actos de discriminación, de los cuales 364, hasta un 82%, fue por discriminación por motivos de salud. Pero tampoco especifica en qué casos la queja fue por cáncer y discriminación laboral.

La abogada laboralista Irene Lira explica en entrevista que, en su experiencia, no hay muchas personas con cáncer que lleguen hasta la demanda por discriminación debido a varios factores: desconocimiento de las leyes mexicanas, desconfianza en las autoridades de investigación y de justicia, o el evidente desgaste físico y emocional que ya está padeciendo la persona enferma, que prefiere gastar su energía en combatir al cáncer y salvar la vida.

Pero en los casos que Lira ha llevado de despidos injustificados, especialmente de pacientes con cáncer de mama y de colón, el padrón de conducta contra los empleados es muy similar.

“Cuando un trabajador o trabajadora avisa a su patrón del diagnóstico de cáncer, el escenario inmediato que enfrenta es el de un rechazo total”, subraya la abogada, que añade que entonces pasan dos cosas: que aíslen al empleado quitándole buena parte de sus funciones y de su salario; o, por el contrario, que carguen al empleado con exceso de trabajo para que éste se desgaste poco a poco y acabe renunciando, o aceptando un despido bajo las condiciones del patrón.

“En estos casos, aunque esté justificada la inasistencia del empleado, las empresas toman como pretexto la condición de salud para decirles ‘es que ya no nos sirves, tu situación nos está causando incertidumbre, tienes mala actitud, faltas mucho, o estás generando mal ambiente con los compañeros’”, plantea Lira.

Otra situación habitual en los casos que lleva la abogada es que el empleado con diagnóstico de cáncer es objeto de un desgaste emocional por parte del patrón que, incluso, cuenta con la complicidad de otros empleados: “Es común que el jefe, o los propios compañeros, hagan comentarios del tipo ‘ya llegó la enferma, o cuidado con la problemática’ para que el empleado sienta un rechazo general y acabe renunciando”.

Ante este panorama, el también abogado Luis Armando Castañeda explica que tanto la Constitución mexicana, como la Ley Federal del Trabajo, protegen, o deberían hacerlo, al empleado o empleada con cáncer. Y que hay dependencias como la Procuraduría del Trabajo que están obligadas a dar apoyo y asesoría legal gratuita a los trabajadores, para que puedan interponer demandas en materia laboral. Mientras que el tema de la discriminación puede denunciarse penalmente ante el Ministerio Público, y ante organismos públicos como el Conapred, o el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (Copred).

El caso de Artemisa Del Valle López, sobreviviente de cáncer de tiroides, es el resumen perfecto que corrobora todo lo expuesto por la abogada en la entrevista.

Sentada a la mesa de un café en la Ciudad de México, la mujer de 34 años narra que trabajaba como administradora y contable de una cadena de restaurantes, cuando en noviembre de 2014 le diagnosticaron la enfermedad.

Como en el caso de Paloma, el diagnóstico fue vertiginoso y sorprendente: Artemisa había ido al hospital por una simple torcedura en el tobillo derecho. Una vez en el centro médico, le hicieron unos estudios previos a la cirugía de los ligamentos dañados y los doctores detectaron algunas anomalías en los resultados. De ahí, Artemisa fue enviada con un endocrino que le hizo nuevas pruebas. Y en poco tiempo, la bomba: tenía cáncer.

“Entré al hospital con un esguince de tobillo y salí con un cáncer de tiroides”, resume Artemisa encogiendo los hombros y con una sonrisa de ‘así son las paradojas de la vida’, que da cuenta de su peculiar sentido negro del humor.

Tras el diagnóstico, Artemisa fue sometida a una cirugía que le dejó como recordatorio una cicatriz en la garganta que adorna con un collar de muchos colores y una calaca, y otra terrible consecuencia: la dejaron hipoparatoidea. O, en otras palabras, tiene que tomar de por vida hasta 150 pastillas de calcio al día. De lo contrario, puede sufrir paros cardiacos, como el que ya tuvo hace un par de años.

Al principio no hubo problema en el trabajo. Estuvo nueve meses de baja laboral tras la cirugía para remover el tumor y se reincorporó a su puesto. Pero, al poco tiempo, Artemisa inició una terapia de yodo; un tratamiento de medicina nuclear que utiliza pequeñas cantidades de material radioactivo para atacar las células cancerígenas.

“Soy una mujer radioactiva. ¡Ya soy mutante!”, ríe Artemisa a carcajadas cuando recuerda los días de terapia, aunque el relato de sus cinco días internada en el Hospital Siglo XXI no es desde luego una broma. Y menos aún lo que sucedió después, cuando se reincorporó a su puesto y tanto jefes como compañeros se negaron a trabajar en la misma oficina que ella por temor, literal, a que los enfermara de cáncer debido a la radioactividad de su tratamiento.

“Me encontré con toda la ignorancia del mundo y con una discriminación muy fuerte. No querían trabajar conmigo. Si yo entraba a la cocina a por un café, todos salían corriendo como si tuviera la lepra, o como si fuera una apestada”.

De poco o nada sirvió una carta al departamento de recursos humanos de su empresa, quejándose de la discriminación. Al contrario, Artemisa denuncia que una de las dueñas de la cadena de restaurantes inició un desgaste continuo hacia ella, diciéndole que “ya no era funcional” para la empresa, que “ya nadie quería trabajar con ella”, o poniendo en duda, incluso, que realmente tuviera cáncer.

Sobre este punto, Artemisa explica que, a diferencia de otros tipos de cáncer, como el de mama, en el de tiroides el tratamiento no deja tantas secuelas físicas “visibles”. No se te cae el cabello, por ejemplo. Y no bajas de peso, o al menos no fue así en su caso.

“No creían que tuviera malestares físicos, ni dolores, ni agotamiento. Por eso llegaron a decirme que estaba tirándole al cuento para no trabajar”.

Incluso, hubo quejas de los compañeros porque Artemisa pidió a sus jefes no tener que ir a hacer los pagos de las nóminas a los bancos, debido al agotamiento crónico que padece como efecto secundario de los tratamientos del cáncer.

“Muchos empezaron a decir: ajá, y por qué ella no hace esto. Claro, ella es la enfermita, la consentida”. Mientras que la dueña se le acercaba para dejarle comentarios del tipo: “¡Qué milagro! Hoy sí viniste a trabajar”.

Y este es, precisamente, otro punto con el que empezaron a atacar a Artemisa: tras reincorporarse de la cirugía, la empresa le daba posibilidad de ir a sus consultas médicas y regresar a su puesto de trabajo. Pero, poco después, eso también cambió: podía ir a sus consultas, sí, pero si no entraba a su puesto de trabajo a las nueve de la mañana ya se contaría como día perdido, descontándoselo, obvio, de su salario.

A pesar de todo, Artemisa dice que no tuvo más remedio que apretar los dientes y aferrarse a su empleo.

“Es una situación en la que estás permanentemente con una guillotina en el cuello por la amenaza de que, si pierdes el empleo, además de perder tu salario pues también pierdes el seguro médico del IMSS. Y entonces, ¿cómo pago por el médico privado todas las medicinas y tratamientos que necesito?”, pregunta la mujer, que expone que solo en pastillas de calcio llega a gastar hasta 12 mil pesos al mes, mientras que los tratamientos de yodo cuestan entre 80 y 100 mil pesos.

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“Por eso, aunque los patrones intentan cansarte para que tú renuncies y te vayas, aguantas como sea”.

Pero finalmente no la despidieron. Artemisa cuenta que la empresa se fue a pique porque el negocio no marchaba bien. Por fortuna, ella ya había iniciado antes los trámites para que le dieran una pensión vitalicia por discapacidad -el hipoparatiroidismo, la secuela que le dejó el cáncer de tener que tomar de por vida altas dosis de calcio, está catalogada como incapacidad permanente-, y el IMSS ya aceptó dársela, aunque aún falta que se complete el trámite administrativo.

Dentro de la gravedad de su situación, Artemisa tuvo relativa buena suerte, admite.

Pero se pregunta constantemente qué hubiera pasado si hubiera perdido la protección del seguro médico, su único salvavidas.

Una mujer excepcional, con una vida apasionante y totalmente fuera de lo común para su época.

Así describen historiadores a Leona Vicario, quien fuera figura determinante para el triunfo de la considerada primera transformación de México: su independencia de España, cuyo proceso comenzó con el llamado “Grito de Dolores” hace 210 años.

Vicario rompió esquemas. Rechazó llevar la vida fácil que su fortuna familiar le habría permitido a cambio de apoyar fervientemente la causa insurgente, llegando a espiar para ellos como parte de una sociedad secreta.

“Nace con todo a su favor y lo aprovecha para convertirse en alguien interesado en la vida política de su país, en tener posición propia al respecto, en participar en ella y en la discusión de la vida pública”, destaca la periodista e historiadora Bertha Hernández.

Para muchos, Vicario representa el espíritu de aquella nueva patria mexicana y el germen de la lucha por los derechos de las mujeres que siguen siendo ejemplo para las generaciones actuales.

Y es por eso que el gobierno de México decretó este 2020 como el “Año de Leona Vicario, Benemérita Madre de la Patria” para homenajear, más vale tarde que nunca, a una de las consideradas heroínas de su independencia.

Leona Vicario Fernández de San Salvador nació en Ciudad de México, capital del entonces virreinato de Nueva España, el 10 de abril de 1789.

Nacer en una familia criolla con recursos económicos -y sin competir con hermanos varones- le permitió a Vicario acceder a una formación que le ayudó a formar su espíritu crítico.

Hernández destaca cómo su padre, un comerciante español, se percató de la inteligencia y talento de su hija y apostó para que fuera mucho más allá del aprendizaje tradicional de las mujeres de la época, como hacer pequeñas labores, aprender catecismo católico y, en el mejor de los casos, a leer y escribir.

“A Leona le abren las puertas de la biblioteca de la familia. Puede leer, aprende idiomas… y también aprende lo que corresponde a ‘una señorita de su clase’. Recibe una formación que tiene lo mejor de todos los mundos”, le dice Hernández a BBC Mundo.

Quedó huérfana siendo joven, pero recibió dos importantes herencias.

Por una parte, una cuantiosa fortuna económica. Por otra, una educación liberal que le permitió entender las discusiones de aquella apasionante época.

Entre ellas, la más debatida entonces: ¿debía el virreinato seguir subordinado a España o tenía que definir su destino más allá de lo que se decidiera al otro lado del Atlántico?

Así, Vicario comenzó a interesarse por la vida política en tiempos convulsos. En 1808, mientras Napoleón Bonaparte invadía España, el virrey José de Iturrigaray era depuesto en continente americano.

Tras el inicio del movimiento independentista en la colonia, Vicario se unió a la rebelión e ingresó en una sociedad secreta llamada Los Guadalupes formada por criollos con recursos económicos y acceso a información estratégica que le transmitían a los insurgentes.

Según destaca el historiador Ricardo Cruz García, ella pasó a ser “una parte fundamental para comunicarse de manera clandestina con estos líderes y proporcionarles desde elementos materiales básicos hasta armas”.

En efecto, Vicario se convirtió en la líder de una red de mensajería con la que garantizaba la correspondencia entre insurgentes y sus familiares, y que permitía saber a las fuerzas de José María Morelos desde cuáles eran los movimientos de las tropas enemigas hasta qué se decía en Madrid.

Decidió emplear su fortuna en financiar la lucha independentista. Dio refugio a fugitivos en peligro e incluso trató de hacer llegar a los insurgentes una imprenta, convencida de la importancia de la prensa para explicar a la población por qué se estaba luchando por la independencia.

Pero el hecho de que Vicario jugara un papel cada vez más fundamental y visible en esa lucha pronto le valió ser denunciada por conspirar a favor de la insurgencia.

Tras un juicio en el que no reveló ninguna información que pudiera comprometer al movimiento, ingresó en prisión, de donde escaparía poco después.

Se reunió entonces con su prometido Andrés Quintana Roo, considerado otro de los próceres de la independencia mexicana, y se unió oficialmente a la lucha insurgente junto a Morelos.

La historiadora Hernández resume en ella “una actividad política que va evolucionando, desde opinar sobre lo que se discute en la capital a nivel político, a financiar el movimiento y apoyarlo con algo más concreto, hasta finalmente volverse parte de la insurgencia”.

No fue hasta el triunfo independentista en 1821 que Vicario se alejó de la escena pública.

Pero en los años siguientes, Vicario siguió estando en el ojo público debido a los numerosos ataques que recibía en la prensa de la época.

La ocasión más sonada, sin duda, fue la carta pública que Lucas Alamán, ministro en el gobierno de Anastasio Bustamante, le dedicó en 1831.

En ella, Alamán aseguraba que si Vicario se unió a los rebeldes había sido por seguir a Quintana Roo en un impulso de “heroísmo romancesco”, más que por tener una convicción política propia.

La respuesta de ella no se hizo esperar. Según le dice a BBC Mundo el historiador Cruz García, se trata de “la primera defensa pública de una mexicana de la libertad e independencia de acción y de pensamiento de la mujer”.

Mis acciones y opiniones han sido siempre muy libres, nadie ha influido absolutamente en ellas, y en este punto he obrado siempre con total independencia, y sin atender a las opiniones que han tenido las personas que he estimado. Me persuado que así serán todas las mujeres, exceptuando a las muy estúpidas, o a las que por efecto de su educación hayan contraído un hábito servil. De ambas clases también hay muchísimos hombres”.

Con su carta, Vicario subraya que ella es quien toma sus propias decisiones desde mucho antes de conocer al que fue su marido, en una clara reivindicación de igualdad entre géneros poco común en aquellos años.

Los dos historiadores consultados por BBC Mundo prefieren, sin embargo, no considerar a Vicario una “pionera del feminismo” ya que ese concepto no existía entonces como tal y no puede, dicen, interpretarse desde el contexto y momento actual.

Aunque según Cruz García, profesor de Historia en la Universidad Autónoma Nacional de México (UNAM), “Vicario es en aquellos años, sin duda, la más visible representante en México de las mujeres que luchan por una igualdad” y su respuesta a Alamán bien podría considerarse como “un germen de esas posturas que hoy llamamos feministas”.

Hay otra distinción que muchas biografías y estudios otorgan a Vicario: la de ser la primera periodista de la historia de México.

Hernández cree que esta afirmación es, cuanto menos, “cuestionable”, ya que el concepto actual de periodismo como profesión es radicalmente diferente al de quienes escribían en periódicos en el siglo XIX, lo que no permite hacer esa comparación.

“Antes de Vicario hay otras mujeres que escriben en periódicos de manera anónima, lo que pasa es que no tenemos esos nombres. Así que quizá no es la primera periodista, pero sí la primera que conocemos como la más reconocida de aquel período”, dice Cruz García.

Una vida de excepción hizo a Vicario merecedora de que sus restos reposen junto al de otros héroes de aquella época en la columna del Ángel de la Independencia de Ciudad de México.

Sin embargo, son muchos quienes criticaron que, hasta la conmemoración de este año 2020, la labor de Vicario no haya sido igual de reconocida que la de otros hombres héroes de la patria, ni por parte de los distintos gobiernos ni en la propia enseñanza impartida en las escuelas.

Y en un momento en que la lacra de la violencia de género pasa por una de sus peores épocas en México, expertos apuntan a que fomentar el conocimiento sobre Leona Vicario podría ayudar a empoderar a mujeres al conocer las barreras que una mexicana del siglo XIX consiguió romper gracias, en buena parte, a haber accedido a una educación.

“Son esas niñas que estudian en primaria y secundaria las que necesitan referentes interesantes respecto a lo que pueden hacer y cómo pueden crecer y decidir el rumbo de sus vidas”, concluye Hernández.

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