El luto por la pérdida de Ruth Bader Ginsburg es tan inédito como su trayectoria. Juristas, operadores de justicia, instituciones, feministas y activistas LGBT se han sumado a los mensajes de duelo por la partida de quien despertó en muchas personas una esperanza en los tribunales que parecía perdida. No han faltado ni sobrado las remembranzas a su labor como litigante y al interior de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Pero también su trayectoria nos ayuda a recordar la importancia de lograr que en las altas cortes puedan tener representación los grupos históricamente discriminados, como lo son las mujeres.

Para tener un verdadero Estado de Derecho no basta que haya un contrapeso entre los tres poderes que conforman el Estado. También se requieren contrapesos para ciertas decisiones de las mayorías. No estoy diciendo nada que no haya sido discutido y abordado a lo largo de siglos de construcción del derecho constitucional: quienes integran las altas cortes cumplen esa función al velar por la Constitución, cuya vigencia es previa y posterior a cualquier período presidencial o legislatura. Pero esto no significa que los espacios judiciales no deban aspirar a una representación de sectores como las mujeres.

La presencia de Ruth Bader Ginsburg en la Corte Suprema de su país la convirtió de facto en un contrapeso de las mujeres a las decisiones de los hombres en asuntos constitucionales. Si se ganó el cariño y la admiración de tanta gente no fue únicamente por las posturas que defendía, sino porque al momento de deliberar casos relativos a cuestiones de género –desde discriminación en la contratación laboral hasta la interrupción legal del embarazo– millones de estadounidenses se sintieron representadas en los debates. Por decirlo de algún modo, al entrar al máximo tribunal de su país las dejó pasar con ella. Esa es la fuerza de la representación.

Ruth Bader Ginsburg quebró una narrativa que es prácticamente imposible de volver a reconstruir: la idea de que la Corte Suprema de Estados Unidos era un espacio solo para hombres. Si bien no fue la primera mujer que formó parte de ella, marcó el inicio de una nueva etapa en una institución que resultaba distante, elitista y fría para el imaginario popular. Pero sobre todo, a través de su labor en la academia, el litigio y la judicatura, ayudó a que varias generaciones descubriesen que el Derecho también podía abordarse desde una perspectiva feminista. Insisto: no fue la primera mujer en ocupar ninguno de esos espacios, pero sí de las primeras que al entrar en ellos buscó que otras mujeres los hicieran suyos.

El clamor y reconocimiento que obtuvo Ruth Bader Ginsburg debe ser contingente en las labores de quienes forman parte de una Corte Suprema, no un objetivo que determine sus decisiones. No estoy sugiriendo para nada lo contrario. Pero es indudable la importancia de garantizar que al interior de las altas cortes existan contrapesos de género para que dejen de ser espacios meramente masculinos en los que se toman decisiones trascendentales –incluyendo aquellas que afectan directamente la vida de las mujeres-.

Pero también su legado nos invita a recordar que no se trata una historia efímera y solitaria, como si se tratase de un cometa que veremos un par de veces en la vida. Al igual que ella, hay muchas abogadas que desde la academia, el litigio y los tribunales están haciendo lo propio para que el Derecho y la justicia dejen de ser monopolizados por los hombres, sobre todo en un país como México.

Hace unos días, Melissa Zamora, abogada del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez publicó en su cuenta de Twitter: “El sistema penal sigue siendo súper masculino. En casos de violencia sexual, las partes suelen ser en su mayoría hombres. En mi experiencia del día, tocó audiencia con 5 hombres y 2 mujeres: el juez, el imputado, el defensor, el ministerio público, el psicólogo, la víctima y yo”. Y es en ese contexto en el que ella y otras abogadas de dicha organización han logrado grandes precedentes de justicia como la liberación de Mónica Esparza Castro, injustamente sentenciada.

Lo mismo ocurre con la labor de ELEMENTA DDHH, fundada y dirigida por Adriana Muro y Renata Demichelis, la cual hace una labor única tanto en México como en Colombia para el monitoreo y análisis de las políticas de drogas con una perspectiva de derechos humanos.

O el papel en la defensa de los derechos ambientales que han tenido abogadas como Ximena Ramos Pedrueza del Centro Mexicano de Derecho Ambiental.

O el trabajo incansable por el derecho a la vivienda adecuada de Maria Silvia Emanuelli, Directora de la Oficina para América Latina de la Coalición Internacional para el Hábitat.

O la lucha en tribunales de quienes trabajan en EQUIS Justicia para las Mujeres, como Fátima Gamboa Estrella y Ana Pecova.

O el gran aporte de abogadas como Estefanía Vela Barba de Intersecta y Mónica Meltis de Data Cívica para evaluar el acceso a los derechos en un país tan renuente a los datos duros y a la información estadística.

O la labor de Grecia Macías y Agneris Sampieri en el litigio para la protección de derechos digitales en México a través de la organización R3D.mx.

O la insistencia de abogadas como Lourdes Medina de la organización Indignación A.C. en Yucatán, quien hoy es un referente en la defensa agraria de los territorios indígenas en la región.

Y muchos otros ejemplos que me son imposibles de recaudar en un solo artículo. Contra viento, marea, tormentas y sexenios, existen muchas abogadas en México que hoy están continuando esa brecha que en su momento fue trazada por gente como Ruth Bader Ginsburg. Y mientras ese flujo de historias insistentes continúe latiendo, algo de esperanza queda en los pasillos de los tribunales.

@kalycho

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