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Argelia recupera la calma, por lo pronto

16 de Marzo de 2019

 

Son ya 20 años en los que Bouteflika detenta el cargo presidencial, y al parecer las élites que lo han acompañado y se han beneficiado de su gestión tenían contemplado mantener el estado de cosas mediante una nueva reelección en los comicios programados para abril próximo. Sin embargo, en esta ocasión el extendido descontento popular ha conseguido que el lunes pasado se hiciera un anuncio que ha llenado de júbilo a las masas que protestaban: Bouteflika no competirá en las elecciones, aunque éstas quedan pospuestas hasta nuevo aviso. De esa manera, el incendio se ha apagado, aun cuando hay temor de que el incierto periodo de espera hasta los próximos comicios sea usado por los beneficiarios principales del régimen para apuntalar sus privilegios y realizar tan sólo cambios cosméticos que a fin de cuentas mantengan sin cambios la situación nacional.

El ejército es, en este contexto, de importancia fundamental. Esa corporación ha sido el pilar en el que se ha apoyado el Frente de Liberación Nacional –partido al que pertenece Bouteflika– para dirigir al país. Recuérdese que en las elecciones de 1991 triunfaron las fuerzas islamistas representadas por el Frente Islámico de Salvación (FIS), pero sobrevino de inmediato un golpe de estado militar para conjurar la toma del poder por dicha corriente. De ahí se desencadenó una cruenta guerra civil que cobró la vida de cerca de 200 mil personas y dejó al país hecho añicos. En tales condiciones, Bouteflika –uno de los luchadores importantes por la independencia de Argelia de Francia que se consumó hacia 1962–, fungió como artífice de la reconciliación nacional, aunque, al mismo tiempo, se atrincheró en el seno del ejército y obstruyó a lo largo de sus dos décadas de mandato, la emergencia de liderazgos alternativos que pudieran hacerle sombra.

Pero no obstante la estabilidad relativa que diferencia a Argelia de los países que protagonizaron la llamada Primavera Árabe, la recuperación de la economía nacional argelina a partir del fin de la guerra civil ha sido muy limitada. Si bien Argelia es el más extenso país de África, posee abundante riqueza petrolera y es miembro de la OPEP, no ha conseguido diversificar su economía, y ha sufrido de la caída de los precios del crudo en los últimos años, cuando las reservas en moneda extranjera se le redujeron en 50% y se impusieron estrictas medidas de austeridad que hasta la fecha no han logrado sanear la economía.

De ahí que persistan los endémicos problemas económicos, sociales y de gobernanza que aquejan a los países árabes norafricanos, problemas agravados sin duda por las amenazas a la estabilidad derivadas del activismo de los grupos jihadistas locales, alentados en estos últimos años por la emergencia del Estado Islámico o ISIS, que desde Irak y Siria tuvo capacidad de generar metástasis altamente agresivas que se extendieron por el norte de África.

Por lo pronto, Bouteflika ha salido del escenario, aunque el tiempo que tarde en convocarse la nueva elección se prevé de alto riesgo. Porque, aun cuando Argelia tiene la ventaja de contar con partidos de oposición que mal que bien cuentan con una organización y cierta experiencia como para ofrecer alternativas a futuro, existe la posibilidad de que, de no fijarse una fecha para los comicios en el corto plazo, el río revuelto de la indefinición pueda convertirse en caldo de cultivo favorable a los intereses de agrupaciones radicales de toda laya que intenten imponer su agenda. Y, por supuesto, en los próximos meses y ante el vacío que dejará la desaparición de Bouteflika como máximo dirigente del país, seguramente se registrará también un activismo intenso de las élites militar, política y económica del país, a fin de asegurar que sus posiciones de poder se mantengan vigentes, no obstante, el cambio de la figura presidencial.